La vida no es una partida de Age of Empires

¿Te imaginas poder poner una palabra en un cuaderno y que eso te llene la cuenta del banco como en un videojuego? Si alguna vez has jugado al Age of Empires, palabras como aegis, lumberjack o howdoyouturnthison seguro que no solo te suenan, sino que recuerdas perfectamente qué efecto tenían cada una de ellas. ¿Por qué ibas a querer esperar a que los aldeanos construyeran la mina o trajeran la madera, si podías conseguirlo sin esfuerzo escribiendo un par de palabras con el teclado?
El objetivo principal para la gran mayoría era ganar: nada de aprender a gestionar recursos, mejorar tiempos, optimizar la toma de decisiones ni tener una batalla digna. Atacar un castillo con 45 trabuquetes y 20 coches Cobra era lo que te hacía querer volver a jugar. Y estoy seguro de que los que solíamos jugar así tenemos un buen recuerdo, pero cuando hemos vuelto a jugar años después y lo hemos hecho sin esos atajos (porque, yo qué sé, hemos ¿madurado?) se nos ha hecho más complicado de lo que esperábamos, porque en su día no aprendimos básicamente nada. Y ojo, eso está bien. Como todo en la vida, no hay una sola manera de hacer las cosas, aunque el camino que eliges está directamente relacionado con lo que éste te aporta, ya sea un aprendizaje o simple entretenimiento como en este caso.
El problema de los atajos es querer usarlos en la vida real, donde el valor está realmente en el camino; e intentar usar trampas para acortarlo solo perjudica al caminante.
Un buen ejemplo de esto es la lectura. Alejandro Dolina lo expresa perfectamente en una frase: «la gente no quiere leer, quiere haber leído». Los gurús de la superlectura presumen de leer libros en ingentes cantidades gracias a la lectura diagonal.
Claro que esta gente lee «Padre Rico, Padre Pobre», no esperes que Power Explosive se lea en un día «Fenomenología del espíritu» y se entere de algo.
Pero la mejor parte de leer un texto, bajo mi punto de vista, no es la pura absorción de las palabras que lo componen, sino las reflexiones que surgen y los debates que mantienes contigo mismo y que te hacen tener que leer tres veces el mismo párrafo. Que cuando lo acabes, te hayas llevado algo más que una historia o un pensamiento ajeno.
Es más claro todavía en formato audiovisual. Ya sea en un vídeo de YouTube o en una película en el cine, no es tan importante el hecho de haber visto la obra como lo es el momento en el que la estás disfrutando (si bien aquí normalmente no tienes pausa para la reflexión).
Se puede extrapolar al trabajo con la típica frase coelhiana que dice «Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida», aunque la Fábula del pescador y el empresario lo explica de manera más visual:
La sociedad del rendimiento de la que hablé en el primer post se ha encargado de ponernos a ese turista americano cual pequeño demonio en el hombro, susurrándonos (o más bien gritándonos) que «aprovechemos» cada segundo libre que tenemos en generar, en producir. Para así, algún día, poder disfrutar del tiempo libre que estamos (mal)gastando ahora.
Lo suyo sería que este demonio contara con su antagonista ocupando el otro hombro, pero parece que el pescador lleva años callado.
Mientras escribía este texto hace semanas en aras de hacer un vídeo, me di cuenta de que, sin darme cuenta, estaba actuando a la americana. Después de varios años de inestabilidad económica, me había acostumbrado a dedicar cada segundo a intentar generar dinero. Y ahora que tengo cierta estabilidad, ni siquiera estoy aprovechando lo mejor del trabajo que es, precisamente, el resto del día. Sigo dedicando esas horas residuales a proyectos, algunos más serios y otros menos, con la única intención de ganar más dinero.
O, más bien, seguía. Porque esos proyectos vacíos eran precisamente mi intento de atajo al estilo Age of Empires, y hace unos días decidí dejar la mayoría a un lado. No todos, claro, que sigo siendo vicioso del fracaso.
Estas últimas semanas he dedicado más tiempo a leer y he vuelto a hacer algo que disfrutaba de niño y que había dejado de lado por falta de tiempo: pintar. Siempre digo que mi objetivo es engordar los ceros a la derecha para poder irme a una casa a comer, leer y pintar. En cierta medida ya hago las dos primeras, así que he decidido dedicar tiempo a la tercera.

De momento he empezado en el iPad, pero de esta semana no pasa que compre unos óleos y la casa empiece a oler a trementina que eche para atrás. Quizás el pescador no estaba tan callado. Quizás yo estaba sordo.