Morbo a domicilio: ¿dónde está el límite?

No, en serio. Me he puesto a escribir el guion del siguiente vídeo, un pseudo ensayo sobre OnlyFans y el espectáculo de fenómenos (freak show), y para «documentarme» he empezado a leer Vigilar y castigar de Foucault. ChatGPT me lo recomendó por la temática, y mi amigo Francis, cuasidiscípulo del francés, me confirmó el buen criterio de la IA.
El libro tiene casi 400 páginas y no creas que se digiere fácil: la primera docena de ellas las dedica a describir detalladamente un suplicio del siglo XVIII. Y esto me ha hecho pensar, más bien, en el auge actual de streamers que se dedican a grabar mientras golpean a señoresalosquelesgustanjóvenes*. Ya sabes, ese circo que hay montado alrededor de la tortura ajena con la justicia por bandera.

*Hay teorías de que gmail, como YouTube, también penaliza ciertas palabras. 🤷🏻♂️
Y claro, me he puesto a pensar: ¿hasta qué punto merece la pena leerse el libro al completo para hacer un vídeo como este? ¿Hasta dónde debería leer?
Quiero decir, no es como cuando Lord Draugr se lee la biografía de George Soros para hacer un vídeo sobre él; en este caso, puede que solo me sirva para un par de pinceladas. O para que el vídeo dure una hora. ¿Debería leerme también los otros libros que me ha recomendado ChatGPT? Porque lo que no quiero, claro, es usar citas sacadas de libros que no he leído para llenar el vídeo de logorrea. Ni que hacer un vídeo de 300 visitas me cueste 4 meses.
¿Dónde está el límite?
Esta misma duda la traslado, precisamente, al auge del neo freak show que estamos viviendo. Uno de los conceptos más famosos a raíz del surgimiento de las redes sociales es el de Instant Karma, estos vídeos en los que alguien hace algo mal y el karma del universo mágico se lo devuelve en forma de patada voladora en toda la boca. Esto no deja de ser una manera de obtener satisfacción propia con la humillación ajena, como lo que relata Foucault sobre la Europa del siglo XVIII.
Pero en este caso, hay un detalle sutil que marca la diferencia: estos casos se caracterizan por ser cámaras «ocultas» (de vigilancia, de un coche policial, etc.) que graban un suceso que ocurre de manera natural, ajena al espectador. La humillación es una consecuencia del acto que sucede entre dos sujetos, no es el objeto principal. Pero este acto ha distorsionado, gracias al maravilloso mercado de la oferta y la demanda, hasta límites ridículos en los que no solo esta humillación se busca para monetizar los fetiches de terceros (como en el caso de los streamers justicieros que van de superhéroes con la marca de agua de una empresa promotora de ludopatía), sino que se lleva a cabo en primera persona, en nombre de la palabra de moda: empoderamiento.
Si bien ahora la mujer barbuda monta su propia carpa sin rendirle cuentas al maestro de ceremonias, el espectador es igual o peor. Estos mal llamados monstruos (freaks) han pasado de ser expuestos a exponerse. Ahora el morbo es a la carta y a domicilio.

Ayer, visitando el Museo de Navarra, vi una obra de Gentz del Valle que me recordó a la última obra de Duchamp, Étant donnés, una instalación en la que, a través de dos mirillas (una para cada ojo), el espectador contempla a una mujer que le ofrece su fruto. Su cara está tapada por el pelo. No hay contacto visual.
Quizás la plataforma azul sea la mayor obra neodadaísta de la historia. Quizás Tim Stokely sea el artista más importante del siglo XXI, habiendo conseguido cambiar a toda la sociedad con su obra (a peor). O quizás solo seamos una sociedad a la deriva. Solo eso.
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Pasa un buen domingo e intenta no humillarte demasiado por dinero. Al menos no más de lo habitual.
A.