Casi la lío en el teatro

Casi la lío en el teatro

He ido al teatro (tos) a ver la (tos) obra 1936. Hacía mucho que (tos) no iba al teatro, al menos (tos) como espectador (tos). De hecho, hace años que (tos) dejé de ir al cine porque (sonido de móvil) estaba harto de ver móviles encendidos y (tos) de escuchar notificaciones en (tos) medio de una película.

Ya ves por dónde voy, ¿no? Teniendo en cuenta la temática de la obra (¿de qué irá, titulándose 1936?), que era teatro y la duración de 4 horas y media, la edad media del público podía preverse sin fallo. Siempre nos han vendido que a la gente mayor hay que respetarla por el simple hecho de ser mayor, así que parecía el entorno perfecto para disfrutar de una obra sin ruidos, móviles, luces, etc. Nada más lejos de la realidad.

Durante los más de 250 minutos de espectáculo no hubo ni siquiera 10 segundos de silencio. No exagero: ni diez segundos. Toses y esnifadas mucosas sin descanso, una tras otra, acompañadas de vez en cuando por móviles que sonaban debido a la gran complejidad que supone darle al botón de apagar. A eso hay que sumarle el concierto de envoltorios (quiero pensar que de caramelos) y los fogonazos de luz de revisores de notificaciones, tanto del móvil como de uno de los peores inventos de la década: los smartwatches. Pero como no podía ser de otra manera, la guinda del pastel me tocó justo detrás de mi oreja: un viejo (y no digo señor porque el respeto, a diferencia de la creencia popular, hay que ganárselo) que, a 20 centímetros de mi oreja, se ponía a respirar (o esnifar aire) a 200 BPM. Por si las palabras no describen bien la situación, os dejo una representación en forma de audio para que entendáis bien el tren chu-chú que tuve que sufrir durante más de dos horas:

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Por suerte, «solo» fueron dos horas de girarme continuamente a mirarle a ver qué leches estaba haciendo. Pasado ese tiempo, mágicamente, el tic esnifatorio desapareció casi por completo.

POV: eres el viejo esnifando 47 veces por segundo.

Desde hace un tiempo nos intentan vender el discurso del problema que tiene la juventud con la atención y la falta de respeto generalizada: la generación TikTok. Yo ya me pierdo con las generaciones: millenials, generación Z, alfa… lo que tengo claro, y más después de esta experiencia, es que el problema no es generacional, es social. No es una cuestión de edad, sino de tiempo; concretamente del ahora, el presente.

Es como sociedad, y no como generación, que hemos perdido valores esenciales y necesarios, tanto individualmente como colectivamente: el poder de la atención, el silencio, el respeto al prójimo, y la vergüenza por no cumplir ninguna de las anteriores ante los demás.

En solo dos décadas hemos normalizado tener la mirada completamente perdida en una pantalla mientras hablamos con otra persona, llevar la música en alto en público, hemos pasado de la imposibilidad de encontrar contenido gore en internet a que Ceciarmy te cuelgue 45 vídeos diarios en su Telegram (relacionado también con el morbo a domicilio del post anterior), y el summum de la indecencia: ir hablando por el móvil por la calle con el altavoz puesto. Y no sé qué piensas tú, pero yo no soy muy optimista con el futuro.

Con todo esto estarás pensando que, si ya tenía ganas de irme a una cabaña en el monte lejos de cualquier atisbo de sociedad, este pensamiento se habrá reforzado. Y no te falta razón, pero hay un pero. Un pero muy grande.

Y ese pero es la cultura. Ese pero es, precisamente, la obra que estuve viendo. La cultura nos cambia para bien; nos hace pensar, reflexionar, dudar, disfrutar. Reír y llorar. Nos puede ayudar a dejar de ir por la calle con el altavoz del móvil a puro grito. Y, pese a todos los inconvenientes que he mencionado, el esfuerzo titánico de los 8 actores me puso los pelos de punta de manera continua.

He de reconocer que, como alguien a quien no suelen gustarle los espectáculos largos (estoy completamente en contra del concepto de «bis» en los conciertos), no tenía las expectativas muy altas. Pero no se me hizo largo ni pesado en ningún momento.

Durante años, me he dedicado de manera profesional a estar encima de los escenarios, y no puedo ni imaginarme el trabajo que hay detrás de semejante coloso teatral. Vestuario y maquillaje, la cantidad de texto y los cambios de acento, el trabajo espectacular de luces y sonido… y la interpretación. Nunca había tenido la oportunidad de ver en directo un elenco como este y es espectacular. Salí del teatro con ganas de recomendárselo a todo el mundo.

Y con ganas de hacer. De crear. Lo bueno de consumir cultura en directo (ya sea en forma de teatro, de concierto o de exposición artística) es que te hace pensar y, al menos a mí, me devuelve las ganas de hacer cosas con un objetivo donde el dinero está fuera de la ecuación. Y creo que eso es muy importante, especialmente a día de hoy, que estamos completamente saturados de gurús que nos venden que el fracaso es todo lo que no sea ganar dinero constantemente.

Mira, payaso que ha alquilado un lambo para promocionar su reel, escucha atentamente: el fracaso es lo que yo diga. Tú siéntate y aprende.
El verdadero Santo Grial.

Y tú, ve al teatro. O a un concierto. O al Museo de Navarra, que este año es gratis. Yo qué sé, vete a donde quieras pero haz algo. Yo voy a comerme un pintxo de tortilla con panceta para empezar el día.

Pasa un buen domingo,

A.

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